
Hace varios meses, Ryan Lin, un neoyorquino de Harlem y actualmente estudiante del último año en Hunter High School, se enfrentó a una tarea particularmente intimidante: escribir su ensayo de ingreso a la universidad. Tenía que escribir algo personal y único que ayudara a determinar su destino durante los próximos cuatro años. Y solo tenía 650 palabras para ello.
Entonces Ryan escribió sobre Citi Bike y, específicamente, sobre cómo Citi Bike le ayudó no solo a ahorrar, sino a disfrutar de su tiempo. ¿El resultado? Una carta de aceptación de la Stern School of Business de NYU (¡felicidades, Ryan!).
Es también un excelente argumento de lo que hace que el sistema de bicicletas comunitarias sea tan poderoso.
Aquí está el ensayo completo de Ryan:
“El tiempo es dinero” es un mantra que me inculcaron mis padres desde muy joven y, como tal, siempre he sido alguien que valora la eficiencia en la vida. Desde cruzar las calles de manera diagonal hasta preparar almuerzos escolares al por mayor los domingos por la noche, un deseo subconsciente de minimizar el derroche de tiempo y esfuerzo ha guiado sutilmente la mayoría de mis decisiones de vida.
En mi primer año, tenía diez veces más actividades que acomodar en el mismo día de 24 horas que antes, además de un nuevo obstáculo para la eficiencia: el transporte. Los trenes y autobuses de Nueva York son muy poco confiables y, el tiempo que perdía dos veces al día en el trayecto de media hora a mi práctica de lacrosse, era todavía un recuerdo doloroso. Afortunadamente, esa primavera llegó mi salvador en forma de un pedazo de acero azul cobalto indestructible: Citi Bike.
Citi Bike fue la herramienta perfecta para agilizar el transporte y rescatar tiempo de las enormes fauces de la ineficiencia. Las biciestaciones fuera de mi casa y a dos cuadras de mi escuela me ahorraban ocho minutos por cada viaje. Había una en Randall's Island que me ahorraba como 40 minutos al día cuando jugaba lacrosse. Iba en bici a todas partes que podía, desde reuniones de ventas de tenis hasta el servicio comunitario y las parrilladas con mis amistades. En los últimos años, he realizado más de 2000 viajes, he recorrido más de 1400 millas en bici, he pasado más de 350 horas en bicicletas y ahorrado muchísimo más viajando en ellas.
Sin embargo, a medida que viajaba más, el ciclismo pasó de ser una herramienta a algo que esperaba con ilusión. El ardor del ácido láctico ya no era solo un dolor necesario, sino la señal de que estaba explorando nuevas partes de la ciudad que anteriormente no había tenido oportunidad al estar hacinado en un vagón del metro. Comencé a pasar tiempo en Riverside Drive para ver los cerezos en flor meciéndose con la brisa y dar vueltas adicionales por Central Park, solo por la tranquilidad que me daba. El olor de los carritos de halal y los vendedores de Nuts4Nuts en Midtown, así como la vista del puente de Brooklyn de noche, fueron partes nuevas de una experiencia que no había conocido antes.

Ryan shares some shots from the biker's seat

En poco tiempo logré convencer a todas mis amistades de las maravillas de Citi Bike y empezamos a salir de excursión sin ningún destino en mente. Uno de mis paseos más memorables con mis amistades fue cuando nos topamos con un grupo de 200 usuarios de Citi Bike en SoHo una tarde de sábado cualquiera y decidimos unirnos a ellos. El viaje nos llevó a Midtown a través del túnel de Park Avenue y por el viaducto que pasa por Grand Central, una ruta que normalmente está reservada a los autos y por la que nunca había pasado antes. Mientras atravesábamos el túnel, nuestra risa resonaba en las paredes y, al salir del viaducto, nos encontramos rodeados por la grandeza de la ciudad: las luces de Grand Central brillando en el cielo del atardecer. Hicimos una pausa, no porque tuviéramos que hacerla, sino porque queríamos asimilarlo todo.
En ese momento, me di cuenta de cuánto había crecido desde mi rígido enfoque en la eficiencia. Este viaje no se trataba de ahorrar tiempo, sino de compartir una experiencia. Me di cuenta de que ser eficiente no significa solo rendir más durante el día. A veces, la eficiencia consistía en utilizar el espacio, en lugar de llenarlo: espacio para paseos placenteros, para viajes con personas interesantes y para dejar que las cosas sucedieran de manera espontánea, al estilo de Ferris Bueller. Andar en bici me enseñó que no todo tiene que tener un propósito directo para que tenga valor. A veces, bajar el ritmo y disfrutar del paseo es la manera más valiosa de avanzar.


